miércoles, junio 7

Monterrey: ciudad que cobija y asombra


(ElNorte.com) Tras la aventura. En busca de un hogar. Por un amor. En pos de un mejor mañana. Así podrían empezar cientos de historias de personas extranjeras que llegan a esta ciudad de forma eventual o para quedarse. El sol, las costumbres y los modos hacen que la vida en esta ciudad les signifique toda una experiencia por la que desfilan desde el asombro y el choque cultural hasta la adaptación. En departamentos decadentes o en flamantes casas, con buenos sueldos o por amor al arte, recorriendo sus museos o sus bares, Susana, Gala, Bojidar y Pedro son ya parte de esta ciudad.

Peripecias de un violista búlgaro

El día que el violista Bojidar tomaba en Bulgaria el avión para venir a México, en Monterrey, a Elsa, una madre de familia regiomontana que caminaba rumbo al tocador en una boda, le cayó por equivocación el ramo que aventó la novia.

Entonces no sabía que era una señal.

Después de dos días de camino, el 17 de diciembre de 1996, Marieta Lazarova Iotova-Ouchinkin, violinista; Stanislav Alexandrov Ouchinkin, violonchelista; Alicher Achrafovitch Kamilov, violista; Boyko Strachimirov Nonov, contrabajista; Daniel Dimitrov Dimov, violinista; Miroslav Petrov Hristov, violinista; Ralitza Gueorguieva Simeonova, contrabajista, y Bojidar Stoykov Hristov, violista, llegaron a Monterrrey para apoyar a la Orquesta Sinfónica de la Universidad.

Los directivos de la UANL, la prensa, la radio y la televisión fueron a recibir a los búlgaros con bombo y platillo. Entrevistas, buenos deseos y muchos ánimos de hacer música.

Al cabo de unos días la euforia pasó, a ellos los instalaron en "esa fábrica de metal que no funcionaba, en un edificio como internado, muy feo", cuenta Bojidar, y el personal de la Sinfónica se fue a sus vacaciones de Navidad.

Los búlgaros estaban en el edificio de la antigua Escuela Primaria Adolfo Prieto, que funcionó en Fundidora de 1926 al 1981 y que para entonces era albergue de deportistas y estudiantes.

"Era como un cuartel militar, un internado, horrible", dice el violista.

Eran ocho personas solas en un lugar con capacidad para 220 camas, una edificación no sólo construida en 1944 con un frío estilo cubista, sino mal equipada para recibir visitantes. Era pleno diciembre. Ni siquiera se podían quitar las chaquetas por el frío que se sentía adentro del albergue. Enero fue peor.

"Teníamos otra idea de México. Y en un momento, en ese lugar, donde nunca hubo calentadores, ni agua, ni muchas cosas, nos queríamos regresar", dice con su apacible y dulce modo de hablar.

Aunque en Europa Bojidar tocó dentro de sinfónicas dirigidas por Lev Barenbeum, Kurt Mazur y Franco Ferrara, en Bulgaria las cosas estaban muy mal, la caída del socialismo había dejado a los artistas desamparados. Sin embargo, la vida en Fundidora, lejos de sus seres amados, parecía peor.

Bojidar era divorciado y sus hijos habían crecido. Buscaba una nueva vida, pero estaba resultando muy alto el costo.

Los búlgaros consiguieron tocar en misas y otros eventos de la temporada. Vivieron un mes en el albergue hasta que encontraron casas en la colonia Las Torres, muy cerca del Teatro Universitario. A los miembros de la Sinfónica los vieron hasta finales de enero, pero para ensayar piezas de cámara, y fue hasta febrero que trabajaron con la orquesta completa.

Bojidar pudo recibir su sueldo tres meses después, hasta que estuvo lista su visa, otros tardaron más. 500 dólares era su paga, mismo que recibe hasta la fecha, y como todos los músicos en México, tuvo que buscar otros trabajos, conciertos y clases particulares. Logró ganar 15 mil pesos, le decían el Mozart de la viola, fue respetado, pero la vida seguía siendo gris.

"Era un búlgaro triste", dice Elsa, su mujer, a quien conoció en el Teatro Universitario y quien, contra viento y marea, rechazo y críticas, desde hace un año comparte su vida con él.

Finalmente, batallando con los sueldos, el calor y sobre todo con esa idea de los padres de sus alumnos que quieren que sean músicos, futbolistas, pintores y karatecas a la vez, Bojidar encontró en los brazos de Elsa su lugar en Monterrey.



Los tiempos del Generalísimo



Cuando Millám García-Tola, un joven ingeniero civil madrileño, le dijo a Susana González, su prometida, que le ofrecían un gran trabajo en Monterrey, una ciudad al norte de México, ella no lo dudó un segundo.

"Lo único que tenía seguro era que quería estar con él", dice ella firmemente hoy como entonces.

Susana tenía 32 años, Millám 33, una vida ajetreada y divertida en Madrid, pero no les importó. Adelantaron la boda y se mudaron.

El 10 de abril del año 2000 llegaron a Monterrey, Millám construiría una central eléctrica en Pesquería para una importante firma. Susana sabía que se trataba de una ciudad industrial, grande y moderna+ Nunca imaginó que sería casi como volver a la época de Franco.

"Es como era España hace 30 años", dice entre resignada y divertida.

El primer mes y medio vivieron en un hotel. Mientras pasó la locura de conseguir una casa -por su nivel profesional les sugerían vivir en San Pedro-, Susana mantuvo su cabeza ocupada, pero al terminar todo cambió. Las esposas de los otros ingenieros la invitaban a desayunos y meriendas, y aunque tenían la misma edad, eran totalmente diferentes.

"¡Qué hago yo aquí!", se preguntaba al descubrir que no había gente de su edad soltera o sin hijos.

"Allá ninguno de mis amigos tiene hijos y no nos sentimos viejos por ello. (Aquí) Gente de mi edad lleva una vida que yo me planteo para mí dentro de 10 años", dice sorprendida año y medio después. "A lo mejor que el problema es mental, que no me doy cuenta de la edad que tengo, pero es que para mí era normal hace un año y medio".

Susana le dijo a Millám que se quedara él, pero que ella se regresaba. Extrañaba Madrid, la vida de la calle, el poder pasear a pie, entrar a una tienda, a una librería o a un café: "No me gusta tener que entrar a un mol para poder hacer las compras", dice esta flaquísima española, de sobrio vestir negro, muy madrileño.

Monterrey está hecho para tener carro, dice, y no cualquiera: al descubrir que México era el único país del mundo que todavía fabrica los legendarios Volkswagen Sedán, Susana se compró uno, pero muy pronto se dio cuenta de que si se quedaba de ver con su esposo (que trae una camioneta grande de la compañía) en un buen restaurante, a él le abrían la puerta y a ella no.

"Me sorprende lo racistas que son los mexicanos entre vosotros".

Atar cabos sobre la cultura de su nueva ciudad terminó por divertir. Le parecía cambiadísimo que entre mujeres se pudiera hablar de ciertas cosas y cuando había varones el contenido y las palabrotas de la conversación cambiaran 180 grados, o que si había hombres y pasaba un homosexual hubiera esa clase de risitas que ella había olvidado desde la infancia.

"A lo mejor tuve mala suerte+", dice esperando que le digan que exagera.

Empezó a buscar un trabajo para entretenerse en algo más que en el morbo, pero los sueldos y las vacaciones eran miserables para alguien que pensaba viajar al menos una vez al año a España. Encontró trabajo de medio tiempo en el Consulado de sus país. Luego entró como voluntaria al Museo de Arte Contemporáneo, comenzó un diplomado en arte contemporáneo y conoció gente más parecida a ella.

No todo había sido malo, comparados con los madrileños, los regiomontanos le parecían muy amables; también le encantaba ver niños por todas partes y escuchar o usar la palabra "pinche", tan sonora y semántica.

Venir a Monterrey, piensa, fue una suerte y una desgracia.

"Es una ciudad que tiene todo, pero es una desgracia porque no es México, es una ciudad que intenta imitar mucho a Estados Unidos. Y estar en Garza García, ¿es bueno o es malo? Puedes andar tranquilo por la calle, pero es un pueblo grande, aunque tenga tantos habitantes, es un pueblo, todo el mundo se conoce".

Susana y Millám se van pronto. La obra civil de la central eléctrica ya está terminada. A él lo trasladan a construir otra cerca del Golfo.

"Nos vamos de Monterrey en unos meses+ "¡A Tampico!", dice Susana en medio de una carcajada penosa.



Una 'rusa' que buscaba calor



Gala Korólyk venía a conocer Cancún y regresaba a Ucrania.

La joven de 24 años había sido invitada a Monterrey por su amiga Marina, casada con un mexicano.

Así que la precoz licenciada en lenguas extranjeras y economía pidió un permiso de tres meses en su trabajo en Ivano-Frankivsk, una ciudad antigua y pequeña, muy europea. Y el 28 de septiembre de 1998 quedaron atrás las calles Lesya Kurbasa y Shevchenka, el cine Shevchenko y el café Taistra, Gala estaba ya instalada en una casa en Eugenio Garza Sada al sur de Monterrey con su amiga.

Las semanas se le fueron en conocer Chipinque y el Cerro de la Silla de día y en bailar y congraciarse con el tequila en el Barrio Antiguo de noche.

"Me gustó ambiente, me gustó calor, me encanta calor", dice. "Mi ciudad es Europa antigua, muy diferente, por eso yo desde aeropuerto dije que me gustaba Monterrey porque era tan grande, la gente muy amable".

Conoció a alguien que la invitó a dar clases de inglés en el Best del Centrito Valle, aceptó y durante un tiempo se transportó hasta allá en la ruta 206. Luego consiguió compartir departamento en San Pedro y se mudó.

A fines de noviembre ya se iba a llegar el último mes de su permiso y todavía no iba a Cancún. Estaba enamoraba de la extensión horizontal de Monterrey y las vistas de San Pedro desde Gómez Morín de noche.

"La ciudad es bien moderna, me gustan montañas mucho. Me gusta de Monterrey que siempre están construyendo algo, un puente, una casa, un edifico, siempre están haciendo algo".

Así que empezó los trámites de migración para poder quedarse hasta verano, pero éstos estuvieron listos en agosto. Entonces decidió quedarse otro año.

Empezó a trabajar en el Cecvac con adolescentes de primero, segundo y tercero de preparatoria.

"¡Yo de un país con educación estricta en el Cecvac! Me decían: 'Maestra, ¿por qué tiene zapatos de Charlie Chaplin?', 'Maestra, ¿es verdad que no hay Coca-Cola en Ucrania?'. No es que no supieran, querían humillar.

"Si alguien me hubiera dado una explicación: 'son ricas, ellas controlan todo, tú lo único que debes hacer es mantener silencio, no es tanto de aprender', pero no".

Aguantó un semestre. Pero ese invierno de 1999 pudo ir por fin a Cancún.

En enero empezó en el Instituto Americano de Monterrey. Pero, por los cursos de capacitación, no le quedaba tiempo por las tardes para su demás compromisos como maestra de idiomas y tuvo que dejarlo en verano, pero juró que si un día tiene hijos regios, ahí van a estudiar.

Le ofrecieron trabajo en la preparatoria de la UdeM y aunque tenía miedo de los prepos, la experiencia ha sido muy buena y ahora está feliz estudiando la Maestría en Docencia.

Gala ha aprendido a vivir en esta ciudad y también a cuidarse de ella.

"En mi país si alguien no te cae bien simplemente no hablas con esa persona o no le pones carita bonita. (Aquí) Cuando habla mi jefe y dice: 'Mira, me gusta mucho cómo trabajas, eres muy buena+' quiere decir que te va a fregar pero de una forma muy amable. En Monterrey no te dicen ni en esta prepa ni en Cecvac ni en el Americano qué se hace y qué no se hace, tú tienes que descubrirlo sola y eso es lo que a mí me complica mi vida porque yo no sé realmente".

A final de cuentas, Gala recapacita y acepta: "Conocer esta cultura es una aventura colosal".



El cubano que quería una bandera



Pedro Fundora gozaba de gran prestigio en Cuba. Como chef internacional había inaugurado los hoteles Cohiba, Riviera y Capri, y para vivir en el régimen revolucionario tenía una buena casa, un carro y una cuenta bancaria, era feliz.

Más de 48 años trabajó en la cadena hotelera que lo formó, cuando don Pedro decidió viajar a México junto con Orgelina, su esposa, a visitar a su hijo músico que hacía 10 años se había establecido en Monterrey.

Llegó el 19 de marzo de 1995 con un permiso del gobierno mexicano por 11 meses.

Pedro Fundora hijo ya vivía en los departamentos de ladrillo rojo que están sobre la calle Hidalgo y que mucha gente conoce como nido de artistas, bailarines, músicos y demás profesiones bohemias.

Pedro grande pagaba 45 dólares mensuales al Consulado Cubano por estar aquí.

"Lo que no me cobra el gobierno mexicano".

Esos meses don Pedro empezó a hacer comidas cubanas, el departamento se llenaba de los compatriotas que viven en el edificio y los que venían de otros sitios de la ciudad. Sin embargo, los Fundora sufrieron la enfermedad de la madre, quien se puso muy delicada del corazón por esas fechas.

Transcurría el noveno mes en Monterrey, cuando una prima de Orgelina le habló para decirle que en su casa en Cuba estaban viviendo otras personas. Entonces la esposa de Pedro chico llamó a esa antigua casa de sus suegros y efectivamente había nuevos inquilinos. El gobierno cubano había confiscado sus bienes.

"No sé, parece que se pensaron que yo no iba a ir más", dice don Pedro.

Y aquel dolor hizo que Pedro Fundora no volviera nunca más a Cuba.

Fue al Instituto Nacional de Migración mexicano a exponerles su problema.

"'Mira que me quedé sin Patria y sin bandera', les dije y ellos me dijeron :'Aquí tenemos una bandera para ti'".

"Las costumbres son prácticamente las mismas, el mismo idioma, la misma comida, el mismo trato, no he tenido problema alguno aquí. Yo quiero mucho a la gente aquí, la gente del edificio me quiere a mí, conoces a todo el mundo ma'o menos".

Le han sugerido volver a Cuba, incluso con ofertas de trabajo, pero no ha querido.

"El problema es que perdí mucho, allá y+ ya no".

Hasta que vivió su esposa, juntos hicieron comidas cubanas, papa rellena, croquetas, yuca con mojo, congri y pierna de puerco asado. Le ofrecieron ser el chef del Rincón de La Habana, pero él no quiso saber más de una cocina comercial, incluso él dejó de cocinar en su casa. "Mira que yo necesito una persona para pelar la papa, otra para cocerla, es muy complicado, ni la Revolución pudo acabar con eso, hay un puesto para cada cosa". Así que hoy tiene en su departamento una especie de estanquillo que funciona al son de la Sonora Matancera, donde lo más complicado que hace es hamburguesas.

Está contento.

Hoy, cada que va a renovar su forma migratoria, donde la gente ya lo conoce bien, el personal le dice: "Pedrito, ¿cuándo se va a hacer mexicano?".

Y él por pura desidia dice: "La próxima vez traigo mis papeles".
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