Vivir en dos mundos
Por María Luisa Medellín
La película 'Mente Brillante' trajo a la actualidad la esquizofrenia, un padecimiento que provoca alucinaciones visuales y auditivas y que afecta a una de cada 100 personas; Isela, una joven regiomontana, es una de ellas
Foto: Miguel Angel Durán
Don Enrique y doña Lucrecia dudaban en ver la película, anticipaban que podría ser angustiante, pero al estar en la butaca frente a la pantalla donde se proyectaba "Mente Brillante" se sintieron identificados.
En muchos momentos fue como estar dentro del guión, sólo que en lugar de John Forbes Nash, el genio ganador del Premio Nóbel de Economía que personifica Russell Crowe, en el caso de ellos era su hija la que presentaba características similares a las de la pantalla.
Isela tiene 33 años, asiste a clases de inglés, le gusta viajar, juega lotería y disfruta fumar un buen cigarro+ Sería de lo más común, pero en su mundo hay otra dimensión que se desdobla y la transporta a puertos en los que navega a contracorriente.
Mares de voces e imágenes inexistentes para el resto, para quienes parapetados en la razón trazan una línea infranqueable entre los terrenos de lo concreto y el universo de lo inasible.
La distinción de fronteras no es para ella, su lógica es simple, si está en su cabeza existe, y si los demás son ajenos al cosmos en que habita, quizá sean ellos los diferentes.
En algún recodo de la vida, la esquizofrenia atrapó a Isela; y por principio, de aquella muchacha popular, sociable y divertida se desprendió otra, a veces retraída y temerosa, a veces agresiva.
Lo último que hubiera pensado su familia es que estuviera enferma, si acaso malcriada. Hasta entonces acudía a la facultad, mientras sus papás atendían un negocio de abarrotes y sus dos hermanos menores asistían a clases.
Pero en aquel viaje familiar a Veracruz -Isela tenía 19 años- hubo otras señales que no pasaron inadvertidas.
Su mirada ausente y la terquedad de ir mar adentro sin atender a los gritos que la urgían a retroceder. Y de repente, con la mayor naturalidad, regresar a la playa sin entender por qué sus padres le reprochaban haberlos preocupado.
La mente de la joven se hizo añicos poco a poco. Una mañana después de retornar de vacaciones, huyó de casa porque montones de ojos enrojecidos y vigilantes la seguían y no podía escapar ni cerrando los suyos.
"Cuando eso me sucede me da mucho miedo, mucho miedo", cuenta Isela colgando de ninguna parte su mirada verde acuosa.
Sentada frente a la mesa de la sala de juntas en el Hospital Psiquiátrico, donde conversamos, y posteriormente en la sala de su casa, su robusto cuerpo da la sensación de cansancio, permanece casi inmóvil, y su rostro redondo, inexpresivo, con apenas un leve fruncimiento del ceño.
Cuenta que asustada y sin más explicaciones, le pidió a una vecina que la llevara a donde vivía su novio, y cuando sus padres se enteraron y fueron por ella no quería regresar.
Tuvieron que tomarla de los brazos y a jalones hacerla entrar a la sala porque decía que ese lugar estaba embrujado.
"Gritaba que algo diabólico la estaba mirando, y nosotros con el miedo y la angustia de no poder ayudarla, se siente tan horrible... Luego nos exigía: ¡agárrense de las manos y no pasen saliva porque es veneno!", platica Lucrecia, la mamá de Isela, de ojeras pronunciadas que dan cuenta de las mortificaciones y desvelos por los que ha tenido que pasar.
Era una odisea hacerla comer, en sus fantasías paranoides sus allegados eran extraños que buscaban eliminarla a través de los alimentos.
Si Isela se estaba trastornando, lo mismo podía decirse de su familia, verla hablar con las voces que dice la llaman y aterrorizarse con las miradas y personas que la acosan, no sólo en casa, sino en los sitios más diversos, muchas veces ha hecho tambalear su realidad.
Desde entonces hubo necesidad de vigilarla, sobre todo por las noches, porque las pasaba en vela deambulando por la casa, y para asustar a sus perseguidores se le ocurrió agarrar libretas y prenderles fuego.
Cuando intentaba dormir lo hacía tomada de la mano de sus padres. De repente se revolvía en la cama, llegaban las voces, las imágenes... el llanto desconsolado de su mamá y la impotencia de don Enrique, su padre, quien al no saber lo que ocurría, absurdamente culpaba a su esposa.
Algunas madrugadas Isela llamaba a su novio para compartir sus miedos, hasta entonces no habían suspendido sus planes de boda.
El estaba dispuesto a continuar la relación, pero la enfermedad fue como una avalancha que arrasó con todo.
Nadie podía prever los estados de ánimo de Isela, cuando él llegaba a verla, se ponía muy nerviosa o depresiva; si las voces la acosaban perdía el control al grado de abofetearlo.
Llevaban cuatro años de noviazgo, y no era fácil para él echarlos por la borda. En ese tiempo, antes de que los medicamentos ensancharan el cuerpo y las facciones de Isela, era una de las muchachas más bonitas de la colonia, y su novio se sentía afortunado de hacerla su esposa.
Pero don Enrique, el papá de Isela, habló con el joven y puso fin a lo que ya era imposible.
Un ramo de rosas y una tarjeta de despedida fue el último regalo que Isela recibió de su prometido.
Aparentemente ella no sufrió tras el rompimiento, ni siquiera recordaba esa relación, pero en sus fantasías habla de un príncipe que está interesado en ella y con el que va a casarse.
En ocasiones compra tarjetas, chocolates o globos decorados y los coloca entre las ramas de uno de los árboles plantados afuera de su domicilio para que cuando su enamorado pase por ahí los recoja.
En los aciagos y primeros meses de su crisis esquizofrénica, su madre, su padre y sus hermanos no hacían más que intentar tranquilizarla y repetirle que todo era producto de su imaginación.
Sin embargo, se les enchinaba la piel de oír lo que les contaba y la seguridad con que lo hacía.
Lo primero que se les vino a la mente es que alguien le había hecho un maleficio, así que recurrieron a muchos y poco ortodoxos remedios: agua bendita, charlas con sacerdotes, brujos y limpias.
Era tan violenta que respondía a mordidas y bofetones, y se peleaba con las extrañas voces que la amenazaban de día y noche.
Luego vino el peregrinar por los consultorios siquiátricos. Ya entre los especialistas hubo quien recomendó una golpiza severa a manera de terapia, otro que le recetó medicamentos que la hacían dormir casi todo el día, uno más que le administró un tratamiento con el que al moverse sentía la pesadez de un robot.
Su control sobre la realidad disminuía, y por más que su familia se turnaba para cuidarla, Isela se las ingeniaba para escapar de sus enemigos, esos que no tenían cuerpo, más que ojos o voces que la perturbaban.
Una de esas noches en que huyó de su casa se encontró vagando por la Calzada Madero. Otra noche la pasó en el vestíbulo de un hotel, un día caminó y caminó dando vueltas por la Alameda.
El vivir en una casa tan grande le daba la posibilidad de encontrar siempre una salida, hasta que su mamá optó por construir otra casa más pequeña en lo que era el patio, donde ahora habitan con más tranquilidad.
A pesar de su enfermedad, Isela pedía que la llevaran a la facultad cuando se sentía bien, pero de pronto se quitaba los zapatos y andaba descalza por los patios para que nadie se diera cuenta a dónde iba y no la siguieran.
Su papá cuenta que no terminó la carrera de Comunicación, eso fue en diciembre del 90.
En los tres años siguientes tuvo el mismo número de internamientos, pasaba en el hospital de mes a mes y medio, la sedaban, le administraban medicamento, y regresaba a casa.
Ya habían acumulado alteros de información sobre la esquizofrenia, una enfermedad que ataca a una de cada 100 personas, que se caracteriza por alucinaciones auditivas o visuales persecutorias, de celos o grandeza, que igual presenta periodos de agresividad o ausencia de emociones, y que se origina por un exceso de dopamina, un neurotransmisor presente en ciertas áreas del cerebro.
Pero, enfrascados en su angustia, les llevó años asimilar que su vida tenía que seguir. Si bien estaban frente a un padecimiento incurable, los nuevos medicamentos podrían controlarlo y tenían que estar preparados para darle la batalla y adelantarse a las posibles recaídas.
Un avance capital, platica Rosalinda Sepúlveda, directora del Hospital Psiquiátrico, fue convencer a Isela de que sólo tomando religiosamente la dosis diaria de medicamento -lo que antes no había hecho por temor a ser envenenada- podría reducir sus periodos de alucinaciones.
Eso no significa que hayan desaparecido. A veces cuando sale con su mamá o su papá mira de reojo a la gente y se aleja cuando alguien va en su dirección.
En un tiempo hasta se animó a trabajar en una oficina, pero renunció porque sus compañeros se burlaban de ella o en el mejor de los casos la compadecían cuando los miraba con desconfianza o buscaba protegerse para que no le hicieran daño.
No por esto su familia la ha dejado en casa, como lo hacen otras con sus enfermos, a quienes abandonan en un cuarto o en el siquiátrico para que los demás no sepan de su mal o porque no quieren o no saben cómo tratarlos.
La agenda de Isela, al contrario, está llena de compromisos para arrancarla de la pasividad, un signo característico de los esquizofrénicos.
"Me gusta viajar con mis papás, voy a la lotería, acompaño a mi mamá en sus reuniones, también tengo que ir a mis citas con el siquiatra y con el médico para checar que mis defensas no estén bajas porque si lo están no puedo tomar mis medicinas.
"Voy a clases de inglés, estoy en sexto semestre, he hecho varias veces los cursos, porque repruebo y me vuelvo a inscribir...".
-Pero no queremos una constancia, interviene doña Lucrecia, sino que te encuentres ocupada, no queremos dejar espacio en tu cabeza a las voces y a las alucinaciones, porque como te digo, el día que puedas separar lo que tú ves, como irreal, y lo que todos vemos, como real, vamos a estar del otro lado...
-Sí, sí, ya lo sé, ya lo sé, pero lo que yo veo es mi mundo íntimo, y lo demás es lo común porque es para todos, respinga Isela algo fastidiada.
En realidad, parece llevar una vida normal, y su charla, a diferencia de un tiempo atrás, es abundante, aunque ocasionalmente brotan asociaciones ilógicas.
"Cuando estudiaba (en la facultad) entregaba un trabajo o algo y nada más le daba una Coca Cola a una amiga y a los demás no".
A diferencia de los otros, a veces le es difícil abstraerse al ruido o las imágenes circundantes, las hace parte de la plática y por eso la mezcla de frases inconexas.
Es común verla anotar sus ideas para que no se le olviden, y de pronto se queda absorta mirando sin mirar. Entonces su mamá suena las palmas y la hace brincar a la realidad.
"Estás muy distraída, Isela".
Si bien las crisis más severas no han vuelto desde hace siete años, las fantasías más diversas, como el escuchar hablar a las plantas, o que alguien o algo la sigue, la visitan de cuando en cuando para internarla en un laberinto del que entra y sale sin apenas sentirlo.
La esquizofrenia nunca abandona a sus enfermos, y en el momento menos pensado una recaída podría ocurrir, por eso siempre hay que estar alerta.
En la casa de Isela, con todo y que la familia se ha involucrado al máximo en la enfermedad y su tratamiento, y que son parte de un comité de amigos y familiares de esquizofrénicos que se reúnen cada tercer miércoles de mes en el Hospital Psiquiátrico, ya nada ha vuelto a ser igual.
"Si empiezo a ver que se le va el sueño, tengo que estar al pendiente para saber por qué, y si continúa, llevarla a consulta. Si no quiere comer, también, porque puede pensar que los alimentos están envenenados".
Hace unos días, los padres de Isela vieron la película "Mente Brillante". Ella también, pero al salir dijo que no se sentía como ese personaje. Entonces su mamá le hizo ver que las alucinaciones de él tenían que ver con su inteligencia matemática, mientras las de ella en ocasiones se relacionaban con lo bonita y popular que había sido.
"Aunque ahorita con el siquiatra saco todo lo que tengo, controlo más mis pensamientos y lo que nada más yo veo, antes era imposible. Creo que estoy mejor que otras personas que no comparten sus problemas y deben cargar con ellos todo el tiempo".
Don Enrique y Lucrecia miran amorosos a su hija, quién sabe si los avances de la ciencia médica puedan traerles una esperanza dentro de poco.
Si eso sucede o no, están formando un patrimonio para que cuando falten, Isela no sufra estrecheces económicas, pues la posibilidad de que forme una familia es remota.
En cualquier momento la pueden asaltar nuevas voces que la conduzcan por los pasillos secretos de la mente, y no le quedará más remedio que recorrerlos.
Aunque siempre hay una posibilidad, la de vivir en dos mundos aferrándose a uno de ellos, al que todos llaman la realidad.
Elnorte.com
La película 'Mente Brillante' trajo a la actualidad la esquizofrenia, un padecimiento que provoca alucinaciones visuales y auditivas y que afecta a una de cada 100 personas; Isela, una joven regiomontana, es una de ellas
Foto: Miguel Angel Durán
Don Enrique y doña Lucrecia dudaban en ver la película, anticipaban que podría ser angustiante, pero al estar en la butaca frente a la pantalla donde se proyectaba "Mente Brillante" se sintieron identificados.
En muchos momentos fue como estar dentro del guión, sólo que en lugar de John Forbes Nash, el genio ganador del Premio Nóbel de Economía que personifica Russell Crowe, en el caso de ellos era su hija la que presentaba características similares a las de la pantalla.
Isela tiene 33 años, asiste a clases de inglés, le gusta viajar, juega lotería y disfruta fumar un buen cigarro+ Sería de lo más común, pero en su mundo hay otra dimensión que se desdobla y la transporta a puertos en los que navega a contracorriente.
Mares de voces e imágenes inexistentes para el resto, para quienes parapetados en la razón trazan una línea infranqueable entre los terrenos de lo concreto y el universo de lo inasible.
La distinción de fronteras no es para ella, su lógica es simple, si está en su cabeza existe, y si los demás son ajenos al cosmos en que habita, quizá sean ellos los diferentes.
En algún recodo de la vida, la esquizofrenia atrapó a Isela; y por principio, de aquella muchacha popular, sociable y divertida se desprendió otra, a veces retraída y temerosa, a veces agresiva.
Lo último que hubiera pensado su familia es que estuviera enferma, si acaso malcriada. Hasta entonces acudía a la facultad, mientras sus papás atendían un negocio de abarrotes y sus dos hermanos menores asistían a clases.
Pero en aquel viaje familiar a Veracruz -Isela tenía 19 años- hubo otras señales que no pasaron inadvertidas.
Su mirada ausente y la terquedad de ir mar adentro sin atender a los gritos que la urgían a retroceder. Y de repente, con la mayor naturalidad, regresar a la playa sin entender por qué sus padres le reprochaban haberlos preocupado.
La mente de la joven se hizo añicos poco a poco. Una mañana después de retornar de vacaciones, huyó de casa porque montones de ojos enrojecidos y vigilantes la seguían y no podía escapar ni cerrando los suyos.
"Cuando eso me sucede me da mucho miedo, mucho miedo", cuenta Isela colgando de ninguna parte su mirada verde acuosa.
Sentada frente a la mesa de la sala de juntas en el Hospital Psiquiátrico, donde conversamos, y posteriormente en la sala de su casa, su robusto cuerpo da la sensación de cansancio, permanece casi inmóvil, y su rostro redondo, inexpresivo, con apenas un leve fruncimiento del ceño.
Cuenta que asustada y sin más explicaciones, le pidió a una vecina que la llevara a donde vivía su novio, y cuando sus padres se enteraron y fueron por ella no quería regresar.
Tuvieron que tomarla de los brazos y a jalones hacerla entrar a la sala porque decía que ese lugar estaba embrujado.
"Gritaba que algo diabólico la estaba mirando, y nosotros con el miedo y la angustia de no poder ayudarla, se siente tan horrible... Luego nos exigía: ¡agárrense de las manos y no pasen saliva porque es veneno!", platica Lucrecia, la mamá de Isela, de ojeras pronunciadas que dan cuenta de las mortificaciones y desvelos por los que ha tenido que pasar.
Era una odisea hacerla comer, en sus fantasías paranoides sus allegados eran extraños que buscaban eliminarla a través de los alimentos.
Si Isela se estaba trastornando, lo mismo podía decirse de su familia, verla hablar con las voces que dice la llaman y aterrorizarse con las miradas y personas que la acosan, no sólo en casa, sino en los sitios más diversos, muchas veces ha hecho tambalear su realidad.
Desde entonces hubo necesidad de vigilarla, sobre todo por las noches, porque las pasaba en vela deambulando por la casa, y para asustar a sus perseguidores se le ocurrió agarrar libretas y prenderles fuego.
Cuando intentaba dormir lo hacía tomada de la mano de sus padres. De repente se revolvía en la cama, llegaban las voces, las imágenes... el llanto desconsolado de su mamá y la impotencia de don Enrique, su padre, quien al no saber lo que ocurría, absurdamente culpaba a su esposa.
Algunas madrugadas Isela llamaba a su novio para compartir sus miedos, hasta entonces no habían suspendido sus planes de boda.
El estaba dispuesto a continuar la relación, pero la enfermedad fue como una avalancha que arrasó con todo.
Nadie podía prever los estados de ánimo de Isela, cuando él llegaba a verla, se ponía muy nerviosa o depresiva; si las voces la acosaban perdía el control al grado de abofetearlo.
Llevaban cuatro años de noviazgo, y no era fácil para él echarlos por la borda. En ese tiempo, antes de que los medicamentos ensancharan el cuerpo y las facciones de Isela, era una de las muchachas más bonitas de la colonia, y su novio se sentía afortunado de hacerla su esposa.
Pero don Enrique, el papá de Isela, habló con el joven y puso fin a lo que ya era imposible.
Un ramo de rosas y una tarjeta de despedida fue el último regalo que Isela recibió de su prometido.
Aparentemente ella no sufrió tras el rompimiento, ni siquiera recordaba esa relación, pero en sus fantasías habla de un príncipe que está interesado en ella y con el que va a casarse.
En ocasiones compra tarjetas, chocolates o globos decorados y los coloca entre las ramas de uno de los árboles plantados afuera de su domicilio para que cuando su enamorado pase por ahí los recoja.
En los aciagos y primeros meses de su crisis esquizofrénica, su madre, su padre y sus hermanos no hacían más que intentar tranquilizarla y repetirle que todo era producto de su imaginación.
Sin embargo, se les enchinaba la piel de oír lo que les contaba y la seguridad con que lo hacía.
Lo primero que se les vino a la mente es que alguien le había hecho un maleficio, así que recurrieron a muchos y poco ortodoxos remedios: agua bendita, charlas con sacerdotes, brujos y limpias.
Era tan violenta que respondía a mordidas y bofetones, y se peleaba con las extrañas voces que la amenazaban de día y noche.
Luego vino el peregrinar por los consultorios siquiátricos. Ya entre los especialistas hubo quien recomendó una golpiza severa a manera de terapia, otro que le recetó medicamentos que la hacían dormir casi todo el día, uno más que le administró un tratamiento con el que al moverse sentía la pesadez de un robot.
Su control sobre la realidad disminuía, y por más que su familia se turnaba para cuidarla, Isela se las ingeniaba para escapar de sus enemigos, esos que no tenían cuerpo, más que ojos o voces que la perturbaban.
Una de esas noches en que huyó de su casa se encontró vagando por la Calzada Madero. Otra noche la pasó en el vestíbulo de un hotel, un día caminó y caminó dando vueltas por la Alameda.
El vivir en una casa tan grande le daba la posibilidad de encontrar siempre una salida, hasta que su mamá optó por construir otra casa más pequeña en lo que era el patio, donde ahora habitan con más tranquilidad.
A pesar de su enfermedad, Isela pedía que la llevaran a la facultad cuando se sentía bien, pero de pronto se quitaba los zapatos y andaba descalza por los patios para que nadie se diera cuenta a dónde iba y no la siguieran.
Su papá cuenta que no terminó la carrera de Comunicación, eso fue en diciembre del 90.
En los tres años siguientes tuvo el mismo número de internamientos, pasaba en el hospital de mes a mes y medio, la sedaban, le administraban medicamento, y regresaba a casa.
Ya habían acumulado alteros de información sobre la esquizofrenia, una enfermedad que ataca a una de cada 100 personas, que se caracteriza por alucinaciones auditivas o visuales persecutorias, de celos o grandeza, que igual presenta periodos de agresividad o ausencia de emociones, y que se origina por un exceso de dopamina, un neurotransmisor presente en ciertas áreas del cerebro.
Pero, enfrascados en su angustia, les llevó años asimilar que su vida tenía que seguir. Si bien estaban frente a un padecimiento incurable, los nuevos medicamentos podrían controlarlo y tenían que estar preparados para darle la batalla y adelantarse a las posibles recaídas.
Un avance capital, platica Rosalinda Sepúlveda, directora del Hospital Psiquiátrico, fue convencer a Isela de que sólo tomando religiosamente la dosis diaria de medicamento -lo que antes no había hecho por temor a ser envenenada- podría reducir sus periodos de alucinaciones.
Eso no significa que hayan desaparecido. A veces cuando sale con su mamá o su papá mira de reojo a la gente y se aleja cuando alguien va en su dirección.
En un tiempo hasta se animó a trabajar en una oficina, pero renunció porque sus compañeros se burlaban de ella o en el mejor de los casos la compadecían cuando los miraba con desconfianza o buscaba protegerse para que no le hicieran daño.
No por esto su familia la ha dejado en casa, como lo hacen otras con sus enfermos, a quienes abandonan en un cuarto o en el siquiátrico para que los demás no sepan de su mal o porque no quieren o no saben cómo tratarlos.
La agenda de Isela, al contrario, está llena de compromisos para arrancarla de la pasividad, un signo característico de los esquizofrénicos.
"Me gusta viajar con mis papás, voy a la lotería, acompaño a mi mamá en sus reuniones, también tengo que ir a mis citas con el siquiatra y con el médico para checar que mis defensas no estén bajas porque si lo están no puedo tomar mis medicinas.
"Voy a clases de inglés, estoy en sexto semestre, he hecho varias veces los cursos, porque repruebo y me vuelvo a inscribir...".
-Pero no queremos una constancia, interviene doña Lucrecia, sino que te encuentres ocupada, no queremos dejar espacio en tu cabeza a las voces y a las alucinaciones, porque como te digo, el día que puedas separar lo que tú ves, como irreal, y lo que todos vemos, como real, vamos a estar del otro lado...
-Sí, sí, ya lo sé, ya lo sé, pero lo que yo veo es mi mundo íntimo, y lo demás es lo común porque es para todos, respinga Isela algo fastidiada.
En realidad, parece llevar una vida normal, y su charla, a diferencia de un tiempo atrás, es abundante, aunque ocasionalmente brotan asociaciones ilógicas.
"Cuando estudiaba (en la facultad) entregaba un trabajo o algo y nada más le daba una Coca Cola a una amiga y a los demás no".
A diferencia de los otros, a veces le es difícil abstraerse al ruido o las imágenes circundantes, las hace parte de la plática y por eso la mezcla de frases inconexas.
Es común verla anotar sus ideas para que no se le olviden, y de pronto se queda absorta mirando sin mirar. Entonces su mamá suena las palmas y la hace brincar a la realidad.
"Estás muy distraída, Isela".
Si bien las crisis más severas no han vuelto desde hace siete años, las fantasías más diversas, como el escuchar hablar a las plantas, o que alguien o algo la sigue, la visitan de cuando en cuando para internarla en un laberinto del que entra y sale sin apenas sentirlo.
La esquizofrenia nunca abandona a sus enfermos, y en el momento menos pensado una recaída podría ocurrir, por eso siempre hay que estar alerta.
En la casa de Isela, con todo y que la familia se ha involucrado al máximo en la enfermedad y su tratamiento, y que son parte de un comité de amigos y familiares de esquizofrénicos que se reúnen cada tercer miércoles de mes en el Hospital Psiquiátrico, ya nada ha vuelto a ser igual.
"Si empiezo a ver que se le va el sueño, tengo que estar al pendiente para saber por qué, y si continúa, llevarla a consulta. Si no quiere comer, también, porque puede pensar que los alimentos están envenenados".
Hace unos días, los padres de Isela vieron la película "Mente Brillante". Ella también, pero al salir dijo que no se sentía como ese personaje. Entonces su mamá le hizo ver que las alucinaciones de él tenían que ver con su inteligencia matemática, mientras las de ella en ocasiones se relacionaban con lo bonita y popular que había sido.
"Aunque ahorita con el siquiatra saco todo lo que tengo, controlo más mis pensamientos y lo que nada más yo veo, antes era imposible. Creo que estoy mejor que otras personas que no comparten sus problemas y deben cargar con ellos todo el tiempo".
Don Enrique y Lucrecia miran amorosos a su hija, quién sabe si los avances de la ciencia médica puedan traerles una esperanza dentro de poco.
Si eso sucede o no, están formando un patrimonio para que cuando falten, Isela no sufra estrecheces económicas, pues la posibilidad de que forme una familia es remota.
En cualquier momento la pueden asaltar nuevas voces que la conduzcan por los pasillos secretos de la mente, y no le quedará más remedio que recorrerlos.
Aunque siempre hay una posibilidad, la de vivir en dos mundos aferrándose a uno de ellos, al que todos llaman la realidad.
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