Cd. de México (29 diciembre 2005).- Quienes aterrorizados advirtieron desde aquella azotea la devastación total, percibían con estupor la presencia de Karen.
No podían creer que de aquellas aguas malditas renaciera esta mujer, esta Ave Fénix que surgía de las cenizas como pájaro mítico para ofrecer esperanza ante tanta muerte y destrucción. La miraban estupefactos, querían ayudarla, asegurarse de que pudiera sobrevivir.
Karen tenía la vista nublada, trastabillaba, no paraba de gritarle a Jacobo.
"Leave him", "leave him", le gritaban desde la azotea del edificio al constatar que ella trataba de jalar una sábana.
Quizá ya no era para hacerle un torniquete al hombre que estaba a su lado, sino para cubrirlo y darle un respeto final. Ella entendió que debía irse. Dos jóvenes alemanes, atrás de una barricada de despojos, le indicaban cómo salir. Le señalaban el techo de un bungalow y el resto del trayecto que debía seguir para lograr alcanzarlos.
Paso a paso, fue abriéndose camino.
Llegó a sentir que entre los escombros pisaba cuerpos aún calientes.
Deambulaba temerosa, espantada. Jacobo, Jacobo, insistía. Quería que donde quiera que él estuviera, supiera que ella lo llamaba, que estaba cerca. Seguía a pie juntillas las indicaciones de los alemanes, pero tropezó con el vidrio de una ventana.
Éste se hizo añicos y ella cayó más de medio metro, hiriéndose aún más. Su vida seguía pendiendo de un hilo, sobrevivir parecía una quimera.
El temor de los vivos era que el iracundo mar regresara insatisfecho.
Karen se puso en manos de este par de alemanes. Su intención era ascender, alejarse del océano, elevarse hasta la cima de la montaña para ponerse a salvo. No parecía fácil.
Había que colgarse de los edificios en ruinas para ir saltando de uno a otro. Karen ya no tenía fuerzas, pero no se dejaba morir. Hacía lo que le pedían.
En un edificio maltrecho, vio al segundo muerto, un hombre sepultado por una placa de cemento.
Ya no quería ver más; era ése sólo el principio. Nadie conocía a ciencia cierta la magnitud de la tragedia.
Saltaba por inercia, entre balcones, azoteas y despeñaderos. Sus guías, que presenciaron ilesos el tsunami, insistían que el maremoto no tardaría en replicar. Perdieron casi todo, papeles e inocencia, pero ellos tenían la esperanza intacta. Karen sólo pensaba en Jacobo.
Yo que era cobarde e insegura, ahí entre muertos y precipicios se me quitaron todos los miedos. Ni ella misma sabe de dónde sacó las fuerzas para soportar tanto dolor.
Los jóvenes alemanes, musculosos y arremetidos, no cejaban. Su objetivo era ascender. Al llegar a un peligroso despeñadero, constataron que Karen, malherida, no lograría saltar.
Decidieron sostenerla entre ambos en una silla tambaleante, así cruzaron el abismo. Ya luego, con maderas que fueron hallando a su paso, improvisaron vacilantes puentes.
Trepaban como hormigas, nada los hacía flaquear. Alcanzaron una pendiente de lámina, el techo destrozado que perteneció a alguna vivienda.
La usaron como rampa. Karen iba descalza. Al pisar la lámina hirviente, se quemó las plantas de sus pies.
Una llaga más. Para entonces, un tailandés ya se había unido al grupo. Las señas fueron igualmente útiles para expresar el desconsuelo. Karen, adolorida, cansada y desesperada, no quería ya seguir. La arena y el agua tapaban todas sus cavidades, sentía ahogo, veía y escuchaba poco, perdió la fuerza. Por primera vez temió que Jacobo estuviera muerto. Cómo podía ella salvarse sin su marido, cómo podía sobrevivir sin él. No quería ya dar un paso más. Ahí se quedaría.
Sus salvadores, de quienes hoy lamenta no recordar ni siquiera su nombre, le insuflaron esperanza. Insistían que Jacobo seguramente viajó como ella entre las olas, que seguramente estaba tratando de sobrevivir en algún otro rincón de Phi Phi.
Optó por creerles, por hacerle un nudo ilusorio a la cuerda del desconsuelo.
Eran quizá las 11 de la mañana, el sol todavía no llegaba al cenit.
Hacía tan sólo dos horas, ella y Jacobo desayunaban plácidamente.
¿Despertaría de la sofocante pesadilla?
Se recargó en un tambo saturado de agua salada. El calor era infernal, el silencio escalofriante. Los dos alemanes y el tailandés estudiaban la zona y decidían cómo seguir.
Sólo de vez en vez se escuchaba la voz herida de alguna víctima o el lamento ardiente de quien sobrevivió.
Abotargada, pensó que moriría de un infarto.
A medida que ascendían, podían ver la zona devastada. El paraíso era fango y horror, montañas de escombros, bosques de muertos.
Karen seguía gritándole con desesperación a Jacobo. Le hacía promesas a Dios, sería más piadosa, más apegada a los preceptos de la religión, iría contra sí misma si fuera necesario, sólo anhelaba encontrarlo.
A lo lejos vieron venir una nueva ola, implacable. Sin duda, era una réplica. La distancia impidió que el agua los alcanzara.
Temían la tercera ola, más fuerte aún. El pánico y la adrenalina eran freno y motor, el calor y la sed eran ya insoportables.
Por todos lados surgían más montañistas, escalando sin rumbo, cada uno inventando su ruta, de un edificio a otro abrían sendas que improvisaban con frágiles varas de madera.
Karen recuerda a una joven desnuda, tambaleándose, asustada, que cubría sus senos con un pequeño backpack. Estaban inmersos en una jungla de salvajes, perdieron su humanidad.
Cobró ella conciencia de su propio cuerpo. Tenía puesto sólo su bikini con estampado de tigre, su piel estaba llagada de sol, dolor y mar. A su paso encontró un tendedero. Tomó unos shorts azules de futbol, una playera roja con el instintivo "staff" y unas enormes chanclas de plástico. Prendas que quizá ya nadie reclamaría. Ese sería su uniforme, sus únicas pertenencias en los días subsecuentes.
Con otra playera se hizo un torniquete en la rodilla. Seguía sangrando.
A falta de más edificios a la vista, sus líderes decidieron ascender trepando palmeras, como monos salvajes. Los insectos y los millones de mosquitos de esa tupida maleza parecían tener un banquete con la sangre coagulante de sus heridas.
Había que seguir. Las pocas construcciones que ahora encontraron parecían acartonadas, pero estaban intactas. Modestos hogares de tailandeses en la montaña que contrastaban con los bellos bungalows de la zona turística.
Justo en ese preciso momento alguien gritó: "Viene la tercera ola".
El pánico cundió y los pobladores comenzaron a correr, era un avispero de almas despavoridas. Pensando que sus amigos alemanes habían subido por una escalera, Karen tomó ese rumbo.
Ahí encontró un bar. Algunos se aprovechaban de la tragedia para robarse la bebida. Sólo una mujer negra lloraba desconsolada; otros, distantes, se empinaban con cinismo las botellas de alcohol y fumaban alucinados.
Karen tomó dos botellas de agua y siguió a las hordas que cruzaban una pared rota hacia la jungla tropical. Se aferró a una liana.
Sus fuerzas mermaban. Se le resbaló una chancla, perdió el equilibrio y comenzó a rodar más de dos metros al vacío.
Unos travestis tailandeses la escucharon caer de bruces. Hombres con busto, maquillados de mujer.
Le aventaron una cuerda y poco a poco logró subir. Exhausta, llegó nuevamente al bar. Ya no había ningún occidental, solo tailandeses.
Desconsolada, se sentó a llorar por vez primera. No tenía a quién seguir. Perdió a Jacobo, perdió también a sus amigos alemanes, perdió la esperanza de vivir. Eran apenas las doce del medio día y estaba sola, más sola que nunca.
Mañana: Desde la cima
Desde la cima


Silvia Cherem S.
Cd. de México (30 diciembre 2005).- Acongojada, lloró. Su alma hervía, no podía ya más. Pasó otra eternidad, hasta que se atrevió nuevamente a levantar el rostro. A través del agujero de la pared del bar, vio a un güero que escalaba. ¿Do you speak english?, preguntó. Yes. Era sueco y su novia tailandesa. Se llamaba Christian Abt; ella, Lyons Narumon, originaria de Phuket. Su objetivo era el mismo: ascender. Los locales decían que venía una nueva ola, tan violenta que cubriría la totalidad de Phi Phi. El pánico de morir se generalizaba.
Karen no podía ya moverse, las heridas de sus piernas eran profundas, el dolor de tantos golpes punzaba su cuerpo. Christian la jalaba, Lyons la empujaba. Ellos también se habían hospedado en un bungalow del PP Princess, pero justamente en el minuto de la devastadora ola, estaban haciendo su check out en la recepción del hotel, alejada del istmo de arena blanca. El agua no los tocó.
En aquella jungla de vegetación impenetrable, los árboles y la maleza comenzaron a volverse cada vez más espesos y abundantes. No se veía ya la playa, proliferaban los insectos y existía el temor de hallar serpientes venenosas. Las ramas latigueaban al pisarlas. Una de ellas, golpeó fuertemente en la pierna de Karen. Se le enterró en la rodilla y no había forma de parar ya el impetuoso chisguete de sangre. Christian buscó un tronco para sentarla. Traía consigo una mochilita. Le dio un Dolac y untó crema en las heridas de Karen, temía que se infectaran, había que impedir que los mosquitos siguieran acechándolas. Lloraron juntos, se abrazaron aterrorizados.
Había que seguir. Durante dos o tres horas escalaron ayudándose de lianas, ramas y piedras. La vegetación era tan espesa, que no entraba ni un rayo de luz. Olía a fresco, a mojado. A lo largo del camino, Christian iba escarbando en su mochila, buscaba su celular, estaba seguro que lo llevaba consigo, pero no lo hallaba. A medida que se aproximaban a la cima, veían más y más gente. El 95% de ellos, tailandeses. No había por dónde subir, dónde sentarse. Cada pequeño espacio estaba copado por personas traumatizadas, lloriqueantes.
Decidieron descender un poco, quizá del otro lado encontrarían refugio. En la terraza de una cabaña, escucharon el lamento de una niña tailandesa. Le contó a Lyons, que había perdido a toda su familia. Ahí llegó también un aldeano en busca de lesionados. Traía una maleta de primeros auxilios, quería ayudar. Poco a poco fueron llegando más personas. Karen era la única herida y se convirtió en el foco de atención. Sólo ella era una milagrosa sobreviviente.
Este hombre le untó mertiolate en casi todo el cuerpo, le dio toallas sanitarias para colocar sobre las profundas heridas. Ella insistía, había que localizar a Jacobo. La gente escuchaba estupefacta su historia. Lyons traducía al tailandés. De la cabaña, salió una pareja, aparentemente de franceses. Acababan de despertarse.
What happened to you?, preguntó él, con su acento francés. Para él apenas amanecía. Se aterrorizó ante el rostro de Karen. Ella se miró entonces en un espejo. Daba yo lástima, hasta a mí misma. Mi pelo esponjado era la cabellera de una leona salvaje, tenía ramas, arena, escombros. Mi cara, color papel, estaba rajada. Mi mirada, triste. Les dije que regresé de la muerte, que me explotó una bomba encima, que ellos tenían la suerte de haber estado dormidos, de no haberse enterado de nada.
No olvidaría ella el reflejo que le regresó aquel espejo. Su rostro sonámbulo, prisionero de la tragedia. Mientras usaba el baño, Christian y Lyons le relataron a esta pareja la pesadilla que padeció la isla. A Karen le ofrecieron su cama, un refresco y unas papas de alga que tenían. Hablaban en inglés. Sólo hasta un par de horas después, Karen sabría que la mujer no era francesa, que el esfuerzo por entenderse en inglés había sido inútil. Era ella latinoamericana.
Karen se recostó, pero no pudo dormir. Cada diez minutos brincaba sobresaltada, recordaba el ahogo, la desesperación bajo el agua. Las imágenes volvían una y otra vez. Necesitaba saber dónde estaba su esposo.
Salió del cuarto y vio a Christian hablando por celular. Finalmente había encontrado su aparato. Según sabrían después, sólo escasas llamadas salieron de Phi Phi, quizá no más de diez porque las líneas telefónicas se cayeron con el tsunami. Él pidió ayuda. Karen llamó a México. Eran las 4 de la mañana y su mamá contestó entre sueños. Mamá, no sé qué pasó, vino una ola, no sé si Jacobo está vivo o muerto, la isla está destrozada. Sus palabras parecían balas de metralleta. Yo estoy bien. No te entiendo, Karen, estoy dormida.
Su madre prendió CNN y comenzó a ver imágenes. Hablaron 5 o 10 minutos, Karen no paró de llorar. Algunos helicópteros sobrevolaron la isla, pero era tal la devastación, que no podían descender en ningún sitio. Karen era la única herida en la cima de la montaña. Hacían señas, querían sacar a Karen de ahí, sus heridas estaban supurantes, infectadas. Del cielo no había respuesta.
El francés optó por buscar cómo sustraer a Karen de Phi Phi por vía marítima. Regresó un par de horas después, esperanzado. Encontró el camino. Una lancha carguera, desvencijada, estaba por irse. Aceptaba llevársela. Fue una fortuna más de su destino. Si se hubiera quedado un día más, como les pasó a algunos lesionados que pasaron más de 48 horas en la isla hasta que llegó la ayuda inicial, las heridas pudieron habérsele gangrenado y hubiera ella podido sufrir la amputación de alguna de sus extremidades.
En el puerto, los muertos ya comenzaban a apilarse, algunos estaban ya cubiertos con sábanas. Una madre se arremolinaba entre ellos buscando a su bebé ahogado. Karen se iba deteniendo uno a uno, les miraba las manos, las piernas. Evitaba los rostros. Buscaba a Jacobo y él ahí no estaba. Quizá era una esperanza.
Olía a podredumbre y los moscos lo invadían todo: comida, desperdicios y muertos. El Hotel Holiday Inn, parcialmente dañado, se había convertido en hospital. Los camastros y los sillones que sobrevivieron al desastre, servían de camillas.
Eran pocos los heridos, mucha más era la gente que buscaba huir. Había filas interminables de personas con maletas. Todo en la playa estaba revuelto, era inmundo. Peces muertos, puertas rotas, vidrios, desolación, montañas de cadáveres. Más de cincuenta toneladas de basura en una isla que quedó devastada en un 70%. Nuevamente Karen iba descalza, las heridas de sus pies no soportaban ningún zapato. Tenía la sensación de pisar cuerpos enterrados en la arena. El mar, a lo lejos, lucía bello e indefenso.
Hacía 24 horas, Karen Michan había llegado a la isla paradisíaca con su esposo, Jacobo Hassan, y hoy ella, solo ella, viajaba embarcada en una pequeña lancha carguera, tan sobrecargada con una veintena de pasajeros, que estaba a escasos centímetros de hundirse en el océano. No viajaría así a Phuket, nunca llegarían. El objetivo era llevar a Karen a un ferry de turistas, para que la condujeran a un hospital lo antes posible.
Hace 24 horas, ¿cómo pude haberle dicho a Jacobo que era ése el peor día de mi vida? No sabía yo lo que decía, no conocía la palabra tragedia. Ahora no estaba él conmigo para disculparme, para decirle que ya no vomitaba ante el mareo. Ahora sí, había pasado el peor día de mi vida.
Mañana: La esperanza
La esperanza

Cojeando buscó a Jacobo en todos los cuartos y rincones del hospital. No lo encontró. Tampoco pudo hablar a México, las líneas estaban saturadas

Silvia Cherem S.
Cd. de México (30 diciembre 2005).- En el ferry había cerca de 250 pasajeros. Algunos turistas que paseaban sin saber aún la magnitud de la tragedia, e innumerables heridos que, como ella, fueron sumándose a la embarcación.
Viajamos tres o cuatro horas, ni siquiera me acordé de marearme. Mi único objetivo era dejar inscrito el nombre de Jacobo en todas las posibles listas de desaparecidos. Junto a mi nombre, injured, quedaría el de Jacobo, missing.
A las diez de la noche, del mismo 26 de diciembre, Karen arribó a la isla de Phuket. En una ambulancia, junto con otros seis heridos, fue transportada al Hospital Vachira, una institución gubernamental de escasos recursos. Fue ella de los primeros lesionados en llegar. Con el paso de las horas, este hospital, que concentró a los damnificados de todas las islas tailandesas, se convertiría en un hervidero.
Sentados en sillas a lo largo de interminables pasillos, un numeroso grupo de voluntarios atendía a quienes iban llegando. Un hombre le inyectó a Karen xilocaina en cada una de las heridas y sin mucho oficio procedió a coserlas. A quienes ella veía pasar, les insistía: My name is Karen Michan, I´m looking for Jacobo Hassan. Quería que alguien se apiadara de ella, que le ayudaran a encontrarlo.
Cojeando intentó buscar a Jacobo en todos los cuartos y rincones del hospital. No lo encontró. Tampoco pudo hablar a México, las líneas estaban saturadas. En un cuarto al fondo de aquel hospital, viejo y sucio, leyó en una cartulina: "free email". Había tres computadoras, todas desocupadas.
En México eran las once de la mañana. En el messenger sólo estaba conectado un primo suyo que vivía en Israel. "Comunícate a mi casa, pídeles que se metan a messenger", escribió. Asimismo mandó un mensaje a los celulares de sus amigos: "Salo, Marc y Jacobo: Hola soy Karen, acaba de pasar un desastre natural en la isla, yo estoy bien, pero no sé nada de Jacobo. No sé si está vivo o no. Por favor comuníquense a mi casa, díganles que estoy bien, que se conecten a messenger".
Desesperada, buscaba más conocidos. Mateo, un amigo de la universidad, estaba conectado, pero no respondía. Escribió un mensaje y desapareció de la red: "Karen no te preocupes por tus materias, ya te arreglé todo, disfruta tu luna de miel".
RENOVANDO LA ESPERANZA
Un enfermero comenzó a llamar: Karen Michan, Karen Michan. Con enorme emoción le dijo que habían encontrado a su esposo, estaba vivo, en el mismo hospital. Tenía, sin embargo, mucha agua en los pulmones. En ese momento, en la recepción, entró una llamada de la cónsul de México en Tailandia. Festejó ella la noticia, le dijo a Karen que el Embajador se encargaría de llamarle a su familia para darles la buena nueva.
En silla de ruedas la condujeron a encontrarse con Jacobo. Estaba vendada y moreteada, el camillero pensó que no podría dar un paso. Ella se desesperó ante la lentitud de su enfermero y se levantó para moverse por su propio pie. Buscó entre el medio centenar de heridos de cada cuarto. Parecía el fin del mundo. Había hombres con vidrios encajados por todo el cuerpo, otros con los huesos destrozados. La única mujer que Karen encontró era una israelí que lloraba desesperada. Le contó que había estado inconsciente varias horas y que el tsunami la sorprendió mientras dormía con su novio. Él, como Jacobo, estaba desaparecido.
Escuchó historias, se contagió del dolor multiplicado, reconoció su rostro sucio y dolorido en la cara de los demás. Jacobo, sin embargo, no aparecía. Frustrada, preguntó de dónde salió la información. Pegada sobre una mampara, afuera del hospital, había un listado. Entonces lo entendió. El 276 en la lista era Jacobo Hassan y el 277, Karen Michan Hassan. Era imposible que sus nombres fueran subsecuentes, Jacobo no había llegado con ella. Tantas veces dio su nombre y el de Jacobo, que alguien confundió los datos y los anotó a ambos como sobrevivientes. Todo era un doloroso malentendido.
A la una y media de la mañana regresó a internet. Abrió su mail y, como una ironía del destino, encontró el mensaje que Jacobo le había enviado dos días antes: "Mi vida solo quiero decirte q te amo y que estas 2 semanas que hemos vivido juntos han sido las mejores de mi vida y vamos a ser los más felices del mundo. Te amo hoy y siempre, tu amado esposo".
Comenzó a recordar los momentos de la luna de miel. Se veía cantando con Jacobo las canciones de Blanca Nieves en el parque de San Francisco. Lo imaginaba corriendo para que la cámara nuevamente los tomara juntos, abrazados, ahora en ese espantoso hospital. Venían a su mente los coqueteos y los besos. Las exóticas frutas que se dieron de comer en la boca, paseando en una lancha en Bangkok. El pánico de ella y las carcajadas de él en la rueda de la fortuna de Hong Kong. Las miradas en el metro de Shangai. Los últimos momentos en Phi Phi. Extrañaba su argolla y su anillo de compromiso que se había quitado en la cabaña, un instante antes del tsunami. Anhelaba encontrar a Jacobo, nada más le importaba ya en esta vida.
Al fin, su familia se conectó en messenger. Estaban todos juntos, sus papás y los de Jacobo, los hermanos y cuñados. Decían que estaban felices, tranquilos, que había sido un milagro encontrar a Jacobo. La emoción les duró sólo una hora. Supieron ahora, cerca de las dos de la mañana del día 27 de diciembre, tiempo de Tailandia, que él seguía desaparecido y que Karen los necesitaba en ese momento más que nunca.
Isaac, su hermano, la sorprendió: "No te preocupes, mis papás y los de Jacobo irán para allá. Mientras tanto están por llegar mis amigos". ¿Quiénes y qué día llegarán?, preguntó ella sabiendo que cruzar el océano desde México podía tardar más de 36 horas de viaje. "Rafa, Abraham, Marcos y Moy estarán ahí en 15 minutos". Sin que Karen lo supiera, los amigos de toda la vida de su hermano, habían estado en Phi Phi el día 26 y se habían salvado de milagro.
A la hora del tsunami, viajaban en el ferry que salió a las 9 de la mañana de Phi Phi rumbo a Phuket, porque su vuelo desde esta última isla rumbo a Bangkok salía esa misma tarde. Habían titubeado si embarcarse a las 9 o a las 11. Una decisión aparentemente intrascendente les había salvado la vida.
En altamar no se sintió nada. El ferry, sin embargo, ancló un par de horas a la mitad del océano porque el capitán recibió órdenes de alejarse de las costas. Los cuatro mexicanos, según contaron después, protestaron furiosos, insistían que por culpa de un marinero inepto perderían el vuelo. Ni aún llegando a Phuket estuvieron dispuestos a dimensionar la tragedia. A pesar de que el taxista les dijo que el aeropuerto estaba cerrado, se empecinaron en que ahí los llevaran.
Al llamar a México para avisar que los tailandeses los tenían atrapados, sin poder viajar, la mamá de Moisés Bissu les avisó que era urgente que llamaran a Isaac Michan, en México. Fue así como pudieron ellos llegar al Hospital Vachira para encontrarse con Karen, y para darse cuenta, al fin, que Tailandia era zona de desastre.
Al verlos se me iluminaron los ojos, me solté a llorar. Estaban perfumados, recién bañaditos, no sé cómo fue que el destino me los mandó. Se quedaron pasmados ante mi facha: vendada, herida, con los pelos erizados. Yo que me preocupo tanto por arreglarme, era un harapo. Me dolía hasta el último hueso. Estaba sucia, maloliente, destrozada.
"Los cuatro fantásticos" se movilizarían para buscar a Jacobo en los hospitales de la isla. Llevaba ella casi 24 horas sin comer ni dormir, pero su presencia era un refrescante alivio. Mientras ellos investigaban qué hacer, Karen pasó el resto de la noche conectada en internet con amigos y familiares.
Escribió el nombre de Jacobo en una infinidad de bases de datos de personas perdidas. Al recibir, por intermediación de su hermano, la foto del columpio que ella conservaba en su computadora, comenzó a añadir la imagen a las listas cibernéticas. Asimismo imprimió cientos de copias para pegarlas en el City Hall de Phuket y ten todas las mamparas imaginables. Comenzaban ya a llegar los periodistas. Un periodista latino de Reuters, se hizo cargo también de la foto. Prometió divulgarla. Todo el mundo tenía que saber que Jacobo estaba perdido, que teníamos que encontrarlo.
Mañana, última parte: La página final
La página final

En México, la fotografía de Karen y Jacobo aparecía en las primeras planas de los diarios y en todos los noticieros de televisión

Silvia Cherem S.
Ciudad de México (31 diciembre 2005).- Los amigos, hospedados en Phuket en el Hotel Metropol, le dieron a Karen vestimenta y cobijo. Intentaban que descansara, ya había padecido demasiado. Con enorme dificultad, trató de darse un baño. Tenía heridas profundas, sangrantes, algunas sin costura. Sus dedos rebanados le impedían lavarse y le resultaba imposible que el agua penetrara su cabello, saturado de ramas, arena, nudos y hojas. Se vistió con la ropa de sus amigos, inclusive con sus enormes trusas.
Trató de dormir. Fue imposible. Las imágenes de la ola, la despertaban agitada, no sabía dónde estaba. Temía estar cerca del mar, que todo recomenzara otra vez. Un joven chileno alto y flaco, bien parecido, tocó con insistencia a su puerta. Le contó a Karen que conoció a los mexicanos en el hospital. Se llamaba Aurelio Montes, venía de Phi Phi, del PP Princess.
Desde la montaña, mientras rapeleaba, vio cómo la ola se fue tragando a la isla, arrasando con todo. También él estaba de luna de miel. Su esposa, Francisca Cooper, nadaba en la alberca. Fue ése el único momento de su viaje en que se separaron. Se resistía a creer que estuviera muerta. Lloraba desconsolado.
Compañeros del mismo dolor, Aurelio y Karen regresaron al hospital para seguir buscando a sus respectivas parejas. Llevaban ya muchas horas sin sueño ni alimento. Supieron que un barco con 700 personas venía de Phi Phi, con los últimos sobrevivientes. Los heridos irían al Hospital Vachira, el resto al City Hall. Los cadáveres estaban siendo concentrados en la isla de Krabi.
Karen tenía tanto frío, que no percibía el agobiante calor. Sus heridas estaban infectadas, tenía fiebre. Desganada, apoyada en un sillón que inundó de arena, buscó a Jacobo entre los nuevos damnificados. De su nariz, pelo y orejas salían minerales y lodo. Ya no escuchaba, sentía presión en los oídos, estaban taponados. Le dolía todo el cuerpo, desde el dedo gordo hasta el último músculo del torso y los brazos. Los moretones se extendían, las heridas seguían sangrando.
Ninguno de los nuevos damnificados había sobrevivido a la ola, eran heridos con rajadas leves. ¿Cuántos muertos habría?, pensaba Karen. Comenzó a perder la esperanza. A ratos, regresaba al internet. Sus amigos de México la criticaban, no la podían entender. Insistían que Jacobo estaba vivo y que ella se equivocaba en dudarlo. Entre más los escuchaba, más culpable se sentía.
A las afueras del City Hall, ella y los cuatro fantásticos se subieron de camión en camión. Llevaban la fotografía de Jacobo, se la mostraban a todos los pasajeros para preguntarles si alguien lo había visto. Sí, respondió un hombre, viene en otro camión. Se subieron a más de una veintena de ellos. Era falso, Jacobo no estaba ahí.
Los reporteros y las antenas de todo el mundo comenzaron a llegar. Asimismo los representantes de embajadas. Karen ya contaba con el apoyo de México. Quiso también hablar con el Embajador de Israel, su madre es israelí. Le pidieron signos particulares de identidad de Jacobo. Fue recordando: cicatriz en forma de I latina en la rodilla, tornillos y placa de metal en la muñeca izquierda, cicatriz en forma de Z en esa misma muñeca, rayas en la frente, cicatriz de lunar en el cachete derecho, cicatriz en la nalga, circuncidado. Le solicitaron asimismo las placas de los dientes, pediría que se las enviaran sus familiares desde México.
El gobierno tailandés comenzó a pegar en una pared las fotografías de los muertos. Eran irreconocibles. Estaban deformes e hinchados por los golpes y el agua; las narices infladas, los ojos saltones, el rostro verdoso y en algunos casos morado, negruzco o putrefacto. No podía ni siquiera definirse a ciencia cierta, si la víctima había sido oriental u occidental, joven o viejo, hombre o mujer. Los expertos aconsejaban enfocar la atención sólo en la forma de las cejas, en las entradas del cabello. El número de fotos de cadáveres era creciente. Algunos, con los ojos bien abiertos parecían sorprenderse ante el mundo que dejaban.
¿Cómo podía uno soportar tanto dolor, tanto stress, tanta frustración? Pasaban los días revisando los hospitales de Phuket, las fotografías de muertos, y hasta la morgue en Krabi. Jacobo no aparecía. ¿Podía aún estar inconsciente?
En México, la fotografía de Karen y Jacobo aparecía en las primeras planas de los diarios y en todos los noticieros de televisión. Ella no imaginaba que todo el país sabía de su tragedia, ella se había convertido en una figura pública. Gente que tenía años de no ver, le mandaba mensajes. Le insistían que tenía que ser fuerte -cómo si no lo fuera-, que todo volvería a la normalidad. Una persona inclusive le relató que habló con una vidente, le aseguró que a Jacobo, aún inconsciente, lo estaban cuidando unos nativos en una isla cercana. Se recuperaría. Todos se sentían con la capacidad de insuflarle esperanza a Karen, y ello, paradójicamente, la quebraba. Deseaba encontrarlo; deseaba también poder empezar a vivir su duelo aceptando la verdad.
El miércoles temprano llegaron los papás de Karen y de Jacobo a Phuket. En el camino al aeropuerto, sonó el celular. Era un reportero de la Revista Proceso. Karen no quiso atenderlo, sentía violada su intimidad.
Al ver a su madre, buscó su abrazo. Estaba Karen serena, fuerte, no derramó una sola lágrima. Los reporteros y corresponsales de agencias comenzaron a acosarla, los flashazos no paraban. Buscaban víctimas y Karen, cuya fotografía estaba en todos los rincones de Phuket, era ya vieja conocida.
Me sentía invadida, me acosaban como si fuera estrella de Hollywood caminando sobre la alfombra roja. Les pedí una y otra vez que me dejaran en paz. No querían escuchar. Harta y desesperada, me levanté a gritarles con una furia incontenible que ya era suficiente dolor, que no soportaba más. Perdí el control. Esa imagen de franca desesperación, fue la que recorrió el mundo. Los periodistas, con gran cinismo, se aprovecharon de mí, buscaron exasperarme y obtuvieron su premio: la toma morbosa que tanto anhelaban.
Karen, que estudia comunicación, comenzó a cuestionar la irresponsabilidad, la falta de ética de tantos periodistas. Hubo reporteros que llegaron a declarar que estaban informados porque eran "los mejores amigos de la familia". De la noche a la mañana, Karen se llenó de "nuevos amigos", gente chismosa que se engalanaba con su tragedia. Ese mismo miércoles, en México se anunció en la radio que Jacobo había ya aparecido. Era una mentira más.
Las heridas de Karen estaban muy infectadas y su salud mermaba. Su madre la llevó a un hospital privado donde descosieron y rasparon. Esa dolorosa tortura de someterse a arañazos para evitar que las heridas supurantes así cicatrizaran, fue inevitable durante más de una semana.
Los padres de Jacobo y el papá de Karen, después de recorrer los hospitales de Bangkok, Patong y Phuket, de revisar las interminables listas de cadáveres, y de visitar la morgue, tomaron la decisión de viajar en lancha a Phi Phi. Sólo encontraron montañas de cadáveres en bolsas azules. Era un pueblo fantasma, pestilente.
El papá de Karen quiso llegar al PP Princess. Ya no existía más. Al estar ahí, se dio cuenta que su hija había vuelto a nacer. El desconsuelo de aquella isla era devastador, no había ya ninguna señal de vida. Un sueco, que también buscaba a algún familiar, les pidió aventón de regreso en la lancha. Traía consigo una bolsa de plástico que encontró en la isla. Estaba llena de pasaportes. Él no había hallado nada, pero a la mejor ellos corrían con mejor suerte. Milagrosamente apareció el pasaporte de Jacobo.
Le preguntaron a Karen si Jacobo traía su pasaporte consigo. Ella respondió que no, ni siquiera supo por qué se lo preguntaban. Horas después, al hilar los cabos, recordó que Jacobo había regresado al cuarto para buscar su pasaporte, quería cambiar traveler checks porque ya no tenían dinero.
Ante la desesperanza y la incapacidad de buscar más, ambas familias regresaron a México el 2 de enero. Unos días antes, Karen recibió en el hotel las dos petacas que ella y Jacobo habían dejado en custodia en el muelle de Phuket. Los encargados, al ver su fotografía y constatar que ella sobrevivió, la buscaron. Karen ni se acordaba de aquel equipaje, pero los agentes marítimos sí. No querían quedarse con lo que no les pertenecía. Le regresaron inclusive el dinero que ella y Jacobo habían pagado para el taxi que los llevaría del muelle de Phuket al aeropuerto.
En México, Karen comenzó a dormir con la pijama que Jacobo había dejado en la maleta olvidada. En sueños le rogaba que le mandara alguna señal, necesitaba saber si estaba vivo. La madrugada del 5 de enero, en la morgue de Krabi, los israelíes de Zaka, con la ayuda de un detector de metales, encontraron la placa en la muñeca de Jacobo. Todas las señas de identidad coincidían. Curiosamente, él esperaba a regresar de su luna de miel para retirar los clavos y la placa de esa fractura antigua.
El cuerpo había sido hallado en Phi Phi el 31 de diciembre, a la hora en que sus padres recorrieron la isla. En una de aquellas bolsas azules acababa de ser introducido Jacobo. El equipo que limpiaba los cadáveres, con irresponsabilidad, quitó los pasaportes y las señas de identidad de los cuerpos. Por eso, el pasaporte de Jacobo estaba ahí.
Jacobo llegaría a México el día 8, para ser enterrado el domingo 9 de enero. El cuerpo estaba ya tan descompuesto y desfigurado que nadie se atrevió a abrir la caja. Así se le dio sepultura. Karen llegó a dudar que hayan enterrado a Jacobo. Sólo se convenció cuando unas semanas después, Julián Ventura, Director para Asia-Pacífico de la Secretaría de Relaciones Exteriores, le llamó para decirle que por un error del equipo tailandés, el cuerpo llegó a México sin una bolsa que debía haberlo acompañado. Él la tenía en su poder, quería entregárselas. La bolsa contenía el reloj que Jacobo llevaba puesto y su argolla matrimonial con el nombre de Karen y la fecha de su matrimonio, 4 de diciembre del 2004, grabados en el interior. No había duda, era Jacobo Hassan Cassab. El ciclo logró cerrarse. En México, descansaría en paz.
Después de la pesadilla, mi futuro aún es incierto, dice Karen. No olvidaré jamás aquel 26 de diciembre del 2004, no olvidaré nunca a Jacobo. He dejado de ser chillona e insegura. Yo también me sorprendo de lo que pasé y de la fuerza con la que lo enfrenté. Quizá sobreviví porque tengo una misión en la vida. Aún no la conozco, pero estoy segura que lograré cumplirla.
Fuente:
http://www.elnorte.com